Desde muy niño aprendí que había un mundo vivido y otro mundo contado.  Primero fue la abuela María, ay, la única que conocí, que me contaba fabulosas historias en el corral de las gallinas blancas. Aquel patio de Manzanilla era mi Macondo particular donde me daba de comer tortillas sin huevo, gazpacho sin tomate, pan sin racionamiento. Mi abuela María Jesús hacía milagros. Luego me contaba historias de la guerra, hombres malos que tiraban bombas donde había niñas jugando al corro. Ella llenaba el corral de sábanas blancas para que los aviones homicidas aprendieran la palabra paz. Entonces yo no sabía leer, sólo escuchar con los ojos asustados.

Después, una tarde, a mi otro Macondo, el de Mairena, donde el Aljarafe, llegó Julio Verne. Estaba sentado en el patio, detrás de la cancela, rodeado de azulejos, de mar, de submarinos. Aprendí, entonces, que leer era viajar sin moverse del sitio. Después vendría todo lo demás, una maravillosa jauría de libros. Libros para caminar, libros para caerse y levantarse, libros para ser mejores, libros para amar. Miles de libros para vivir.

Fue en mi útero de piedra, en  la plaza de San Lorenzo,  donde una tarde vino Julio Cortázar a jugar conmigo a la «Rayuela». Acabamos el juego y me puse a escribir. Yo también quería una Maga para enamorarme, pisar París con los ojos, darle música de jazz a las palabras. Y en esas estamos todavía. Primero fue «El rock de la calle Feria», luego «La última noche» y ahora «Áspera seda de la noche» con la que espero comunicarme contigo en el mágico silencio del mundo contado. Escribir es lanzar una botella de náufrago al océano frío, casi helado. De pronto ocurre el milagro y alguien recoge la botella al otro lado del mar. Nos encontramos allí donde vuelve a nacer el agua.

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